martes, octubre 26

Reflexiones frente al espejo


Lo primero que uno debe tener en claro al enfrentar un espejo es que la imagen no se corresponde con la realidad. La joven protagonista de “La guerra y la paz”, observaba Tolstoy, no se sentía bella porque al contemplarse frente al espejo cambiaba su expresión: en lugar de la encantadora sonrisa de la vida real, por ejemplo, aparecía una mueca de sonrisa fingida. Lo mismo nos sucede a todos nosotros cuando posamos “para la foto”: no son nuestras caras ni nuestros gestos reales los que aparecen en la imagen, sino algo impostado con fines ceremoniales. Es lógico, entonces, que nos sintamos defraudados cuando nos miramos en el espejo, o en las fotos, porque en realidad no aparecemos nosotros sino unos impostores que se hacen pasar por nosotros.

Otro dato que hay que tener en cuenta es que frente al espejo no sólo desaparece la expresividad, sino también el movimiento natural. Como los espejos regularmente están adheridos a alguna superficie de manera fija, apenas nos desplazamos un poquito ya quedamos fuera del marco. Esto nos obliga a quedarnos frente al espejo poco menos que jugando a la estatua. Como ya notaba Bergson, la interrupción súbita de un movimiento tiende a provocar un efecto cómico. De aquí podemos inferir que si cuando nos quedamos duros frente a un espejo esto no nos produce gracia, probablemente sea porque no hemos desarrollado adecuadamente la capacidad de reírnos de nosotros mismos. En este caso la culpa no es del espejo, sino de nuestra educación demasiado grave y severa.

Usted me objetará que el mito de Narciso viene a desmentir todo lo que acabo de decir, y que si uno es suficientemente bello podrá mirarse en un espejo complacido de su propia belleza. Permítame decirle, sin embargo, que es falso que Narciso se mirara frente a un espejo: se miraba en una superficie de agua en movimiento, que obviamente deformaba su imagen. ¿Quién sabe si Quasimodo no se hubiera visto bello en esas condiciones? ¿Nos sentiríamos más bellos, seríamos más narcisistas, si nuestros espejos fueran más inexactos en la reproducción de la imagen? Me parece que nuestros espejos son más exactos pero no necesariamente más crueles: si no son capaces de devolvernos la imagen de la verdadera belleza que tenemos, es porque la mirada que nos puede hacer sentir verdaderamente bellos es la de los otros.

Aunque pueda parecer lo contrario, el acto de mirarse en el espejo puede llegar a ser un acto eminentemente social: esto es lo que sucede cuando nos miramos tratando de averiguar cómo nos ven –o pueden, o deberían vernos- los otros. En este caso lo decisivo es lo que creamos que los otros quieren, pueden o deben ver en nosotros. Si nos miramos con el criterio del ideal de lo que deberíamos ser para otros, lo más probable es que en lugar de ver lo poco que nos devuelve el espejo veamos todo lo que nos faltaría para ser socialmente perfectos. El mensaje del espejo, llegado este punto, es claro: es el momento justo para ir a buscar un par de ojos amigos capaces de ver lo bellos que somos.

domingo, octubre 10

Reflexiones sobre el cinematógrafo interior


Tendemos a creer que nuestra percepción del mundo es una copia bastante fiel de lo que tenemos delante. En realidad, cada vez que percibimos, nos advierte Bergson, ponemos en marcha la “ilusión cinematográfica”, es decir, jugamos a ser el director de la película que estamos viviendo. En efecto: no nos limitamos a reproducir mecánicamente  lo que vivimos, sino que seleccionamos y compaginamos el material de nuestras vivencias de modo tal que forme una trama coherente y relevante para nosotros. Así, compactamos en dos minutos una charla de tres horas, en quince segundos una reunión de trabajo, en dos palabras una relación que ya fue. En un grupo de personas hacemos un zoom para ver un microdetalle en el gesto de alguien que nos interesa y dejamos en un segundo plano lejano una cuadrilla de rescatistas que busca entre los escombros de un edificio que acaba de derrumbarse a pocos metros de distancia. En otras ocasiones somos más objetivos, y el resultado de nuestra labor de director de cine produce un documental bastante aburrido con largas escenas de vida monótona en la oficina, en el medio de transporte  o en diversos sitios similares.

Si percibir es “accionar una especie de cinematógrafo interior”, como dice Bergson,  entonces día a día vamos conviertiéndonos en los actores, productores y directores de esa película tan original que es nuestra vida. De aquí resulta que sea bueno tener en cuenta algunas reglas básicas del lenguaje cinematográfico. La primera de ellas es el manejo del tiempo. No se trata de reproducir todo, sino sólo los momentos relevantes. Si los directores de cine no tuvieran en cuenta esto, siete años en el Tibet resultarían difíciles de soportar, incluso en compañía de Brad Pitt, por no hablar de un día de furia con Michael Douglas. A la inversa, 60 segundos de la acción más vertiginosa con Nicolas Cage resultarían escasos para conformar una buena película. Que en esta materia no está todo dicho lo prueba el hecho de que no sería fácil lograr un consenso sobre cuánto debe durar una película erótica con Kim Basinger: para algunos es posible que nueve semanas y media no resulten suficientes.

Los buenos directores no sólo hacen recortes en el tiempo vivido, sino que también fragmentan el espacio perceptivo enfocando lo que interesa y dejando tranquilamente que el resto quede fuera del cuadro. Igual que ellos, alguien que sube en la estación de Plaza de Mayo puede mantener, si quiere, un primer plano del rostro más hermoso del mundo que dure hasta Miserere, o menos, si el coprotagonista ocasional se baja antes. En ese último caso la cámara podría irse alejando del o la coprotagonista ocasional en un travelling desgarrador acompañado con la música de fondo del mp3 o del ipod.

Una parte muy interesante de ser director de la propia película es que uno puede influir en el casting. La mayor desventaja de esta regla de la ilusión cinematográfica es que los otros también pueden hacer el casting de su propia película y relegarnos a miserables papeles secundarios,  elegirnos para ser el malo de la película o incluso ni siquiera convocarnos para aparecer en ella. Pero como nosotros hacemos el montaje, nada impide que escenas que filmamos con mucho esmero, a las que dedicamos incontables noches de desvelo con sus correspondientes días de sudor y lágrimas, puedan desaparecer por completo de la versión final del director con el sólo propósito de eliminar gente indeseable.

En suma, si Bergson tiene razón, uno vendría a ser algo así como un director independiente de la película de su vida. A diferencia de los directores que deben satisfacer las demandas de un público masivo para cubrir los costos de producción, a nosotros nos basta con que la película que filmamos nos guste a nosotros y al selectísimo público de la gente que, como nos quiere, y además es protagonista de varias escenas importantes, suele ser muy benevolente en sus juicios.

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