Reflexiones frente al espejo
Lo primero que uno debe tener en claro al
enfrentar un espejo es que la imagen no se corresponde con la realidad. La
joven protagonista de “La guerra y la paz”, observaba Tolstoy, no se sentía bella porque al contemplarse frente
al espejo cambiaba su expresión: en lugar de la encantadora sonrisa de la vida
real, por ejemplo, aparecía una mueca de sonrisa fingida. Lo mismo nos sucede a
todos nosotros cuando posamos “para la foto”: no son nuestras caras ni nuestros
gestos reales los que aparecen en la imagen, sino algo impostado con fines
ceremoniales. Es lógico, entonces, que nos sintamos defraudados cuando nos
miramos en el espejo, o en las fotos, porque en realidad no aparecemos nosotros
sino unos impostores que se hacen pasar por nosotros.
Otro dato que hay que tener en cuenta es que
frente al espejo no sólo desaparece la expresividad, sino también el movimiento
natural. Como los espejos regularmente están adheridos a alguna superficie de
manera fija, apenas nos desplazamos un poquito ya quedamos fuera del marco.
Esto nos obliga a quedarnos frente al espejo poco menos que jugando a la
estatua. Como ya notaba Bergson, la interrupción súbita de un movimiento tiende
a provocar un efecto cómico. De aquí podemos inferir que si cuando nos quedamos
duros frente a un espejo esto no nos produce gracia, probablemente sea porque
no hemos desarrollado adecuadamente la capacidad de reírnos de nosotros mismos.
En este caso la culpa no es del espejo, sino de nuestra educación demasiado
grave y severa.
Usted me objetará que el mito de Narciso viene
a desmentir todo lo que acabo de decir, y que si uno es suficientemente bello
podrá mirarse en un espejo complacido de su propia belleza. Permítame decirle,
sin embargo, que es falso que Narciso se mirara frente a un espejo: se miraba
en una superficie de agua en movimiento, que obviamente deformaba su imagen.
¿Quién sabe si Quasimodo no se hubiera visto bello en esas condiciones? ¿Nos
sentiríamos más bellos, seríamos más narcisistas, si nuestros espejos fueran
más inexactos en la reproducción de la imagen? Me parece que nuestros espejos
son más exactos pero no necesariamente más crueles: si no son capaces de
devolvernos la imagen de la verdadera belleza que tenemos, es porque la mirada
que nos puede hacer sentir verdaderamente bellos es la de los otros.
Aunque pueda parecer lo contrario, el acto de
mirarse en el espejo puede llegar a ser un acto eminentemente social: esto es lo que sucede cuando nos
miramos tratando de averiguar cómo nos ven –o pueden, o deberían vernos- los
otros. En este caso lo decisivo es lo que creamos que los otros quieren, pueden
o deben ver en nosotros. Si nos miramos con el criterio del ideal de lo que
deberíamos ser para otros, lo más probable es que en lugar de ver lo poco que
nos devuelve el espejo veamos todo lo que nos faltaría para ser socialmente
perfectos. El mensaje del espejo, llegado este punto, es claro: es el momento
justo para ir a buscar un par de ojos amigos capaces de ver lo bellos que
somos.

