domingo, octubre 10

Reflexiones sobre el cinematógrafo interior


Tendemos a creer que nuestra percepción del mundo es una copia bastante fiel de lo que tenemos delante. En realidad, cada vez que percibimos, nos advierte Bergson, ponemos en marcha la “ilusión cinematográfica”, es decir, jugamos a ser el director de la película que estamos viviendo. En efecto: no nos limitamos a reproducir mecánicamente  lo que vivimos, sino que seleccionamos y compaginamos el material de nuestras vivencias de modo tal que forme una trama coherente y relevante para nosotros. Así, compactamos en dos minutos una charla de tres horas, en quince segundos una reunión de trabajo, en dos palabras una relación que ya fue. En un grupo de personas hacemos un zoom para ver un microdetalle en el gesto de alguien que nos interesa y dejamos en un segundo plano lejano una cuadrilla de rescatistas que busca entre los escombros de un edificio que acaba de derrumbarse a pocos metros de distancia. En otras ocasiones somos más objetivos, y el resultado de nuestra labor de director de cine produce un documental bastante aburrido con largas escenas de vida monótona en la oficina, en el medio de transporte  o en diversos sitios similares.

Si percibir es “accionar una especie de cinematógrafo interior”, como dice Bergson,  entonces día a día vamos conviertiéndonos en los actores, productores y directores de esa película tan original que es nuestra vida. De aquí resulta que sea bueno tener en cuenta algunas reglas básicas del lenguaje cinematográfico. La primera de ellas es el manejo del tiempo. No se trata de reproducir todo, sino sólo los momentos relevantes. Si los directores de cine no tuvieran en cuenta esto, siete años en el Tibet resultarían difíciles de soportar, incluso en compañía de Brad Pitt, por no hablar de un día de furia con Michael Douglas. A la inversa, 60 segundos de la acción más vertiginosa con Nicolas Cage resultarían escasos para conformar una buena película. Que en esta materia no está todo dicho lo prueba el hecho de que no sería fácil lograr un consenso sobre cuánto debe durar una película erótica con Kim Basinger: para algunos es posible que nueve semanas y media no resulten suficientes.

Los buenos directores no sólo hacen recortes en el tiempo vivido, sino que también fragmentan el espacio perceptivo enfocando lo que interesa y dejando tranquilamente que el resto quede fuera del cuadro. Igual que ellos, alguien que sube en la estación de Plaza de Mayo puede mantener, si quiere, un primer plano del rostro más hermoso del mundo que dure hasta Miserere, o menos, si el coprotagonista ocasional se baja antes. En ese último caso la cámara podría irse alejando del o la coprotagonista ocasional en un travelling desgarrador acompañado con la música de fondo del mp3 o del ipod.

Una parte muy interesante de ser director de la propia película es que uno puede influir en el casting. La mayor desventaja de esta regla de la ilusión cinematográfica es que los otros también pueden hacer el casting de su propia película y relegarnos a miserables papeles secundarios,  elegirnos para ser el malo de la película o incluso ni siquiera convocarnos para aparecer en ella. Pero como nosotros hacemos el montaje, nada impide que escenas que filmamos con mucho esmero, a las que dedicamos incontables noches de desvelo con sus correspondientes días de sudor y lágrimas, puedan desaparecer por completo de la versión final del director con el sólo propósito de eliminar gente indeseable.

En suma, si Bergson tiene razón, uno vendría a ser algo así como un director independiente de la película de su vida. A diferencia de los directores que deben satisfacer las demandas de un público masivo para cubrir los costos de producción, a nosotros nos basta con que la película que filmamos nos guste a nosotros y al selectísimo público de la gente que, como nos quiere, y además es protagonista de varias escenas importantes, suele ser muy benevolente en sus juicios.

4 comentarios:

Unknown 2 de noviembre de 2010 a las 15:48  

Cuando era más chica me encantaba hacer mi película de amor en mi mente.Eran geniales!

Daniel 2 de noviembre de 2010 a las 15:59  

Es genial ser el director de nuestra propia película. No obstante, no hay que perder de vista que la finalidad de la historia personal no es estética sino más bien de contenido. Es bueno tomar riesgos pero quizás convenga al director simplificar, buscar el final feliz ¡Muy bueno el blog!

Cinco Barcas 12 de noviembre de 2010 a las 11:17  

Dada esta analogía... hasta se podría llegar a pensar en los actores de reparto, los protagonistas, los nudos y los desenlaces...

Entonces cada cual en su soledad, estaría en condiciones de decir quién es el guionista. ¿Quién escribe esa historia? ¿Uno mismo, Dios o el destino? ¿O la suma de los tres?

Incluso es posible entrar en detalle, y elegir, sí es un drama -para los que lloran-, o una ficción -para los que sueñan-, o un documental -en el caso de los intelectuales-.
La lista es larga...

Por ejemplo, Daniel, ya declaró ser el director... optando por la dirección y no la actuación.

JSM, en cambio, elige ser la protagonista.

Sin más ni menos, poco a poco, en los comentarios ya se va haciendo posible la película.

Faltaría el productor...

De hecho, sabiendo o no, a mi se me ha dado por ser la crítica,
entonces digo: "una película muy prometedora... la de este blog".

natalia i. 1 de abril de 2011 a las 1:29  

La mía sería un drama/romance/comedia y me tenté de poner también porno pero no quiero escandalizarlos. Original Soundtrack: Radiohead. Vivaldi, Pink Floyd y Los Redondos y probablemente tendría sus respectivas secuelas (sí, plural). Y es obvio: sería la guionista, la escritora, "basado en la novela de..." como más les guste.

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