miércoles, abril 20

Reflexiones sobre el narcisismo

Podemos reflexionar todo lo que queramos sobre el hábito de mirarnos en el espejo, pero estas reflexiones nos dicen poco y nada sobre quiénes somos en realidad. Paradójicamente, cuando comparamos nuestros hábitos con los de los demás, cuando tomamos a los demás como el polo de referencia de nuestros pensamientos, empezamos a comprendernos mejor a nosotros mismos. Un ejemplo de esta curiosa paradoja es el estudio de estadísticas que relacionan la tendencia a mirarse en el espejo con rasgos de la personalidad, y en particular con el narcisismo.
Las láminas simétricas del test de Rorschach estimulan a las personalidades narcisistas a ver personas reflejadas en un espejo. Allí donde la mayor parte de la gente ve dos personas, el narcisista ve una persona reflejada en el espejo, y todo hace suponer que esa persona es ella misma. Para saber cuán narcisistas somos podemos recurrir a las medidas estadísticas de este tipo de respuestas de reflejo. Sabiendo, por ejemplo, que sólo el 8% de los adultos da respuestas de reflejo, podemos inferir, sin siquiera hacer la prueba de Rorschach, que es muy poco probable estadísticamente que tengamos una personalidad narcisista. Esto es muy bueno porque las personas que están dentro del 8% del grupo narcisista suelen tener más dificultades para entablar y mantener relaciones interpersonales significativas. El autodiagnóstico resulta todavía más alentador si estamos dentro del grupo de los que vienen teniendo desde hace ya mucho -¡demasiado!- alguna relación conflictiva con alguien particularmente cercano: ningún narcisista que se precie de tal soportaría esto, o no por un período muy prolongado.

Basados en estas cifras estadísticas, si lo que queremos es iniciar relaciones duraderas y significativas, tenemos que tener en cuenta cuáles son los grupos de riesgo que sería conveniente observar con mayor atención y cuidado. Según los datos de Exner, las profesiones con mayor índice de narcisismo –medida por la frecuencia de respuestas de reflejo- son: bailarines (el 36% de este grupo dio respuestas de reflejo), miembros del clero (con 29%), y en tercer lugar cirujanos (24%). Si estamos particularmente interesados en alguna persona que no pertenece ni aspira a pertenecer a alguno de estos grupos la cosa pinta bien. Si, en cambio, nuestro interés se encamina hacia un ex seminarista que abandonó su carrera de cirujano para dedicarse al ballet clásico ya podemos ir sabiendo lo que nos espera. Pero esto tampoco es preocupante, porque las probabilidades estadísticas de que nos crucemos con alguien así son prácticamente computables en cero.

Un último dato que siempre puede ser útil en el momento previo –después ya es tarde- a iniciar relaciones duraderas son los tiempos de exposición al espejo medidos adecuadamente. Un experimento realizado por Exner reveló que, después de tomar el test de Rorschach a un grupo significativo de sujetos, se los hizo pasar a una entrevista. La sala de espera estaba provista con un gran espejo, de modo que pudieron medir: el número de respuestas de reflejo, el tiempo dedicado a mirarse en el espejo (en la sala de espera) y la frecuencia en el uso de pronombres personales (durante la entrevista). Los resultados confirmaron lo que ya sospechábamos: el grupo con índice de narcisismo más elevado pasó más tiempo mirándose en el espejo (promedio de 68,5 segundos para una espera de diez minutos), y utilizó mucho más los pronombres personales (sobre todo de la primera del singular) que los grupos que carecían de respuestas de reflejo (sólo 27,1 segundos de exposición ante el espejo para el mismo tiempo de espera), y tuiveron menor frecuencia en el uso de pronombres personales. Dos extremos resultan interesantes: la persona que menos tiempo se miró en el espejo dedicó sólo 6 segundos a la autoinspección, y la que más tiempo invirtió estuvo mirándose 104 segundos. Sería muy interesante tener una foto de cada uno de ellas, dato que tal vez podría aportar valiosos elementos de juicio.

Dado que replicar el experimento de Exner sería un tanto complicado con una persona que recién nos conoce y no sabe bien cuáles son nuestras intenciones, lo que puede hacerse en la práctica es llevar a la persona en cuestión a algún edificio alto con un pretexto cualquiera, decirle que queremos visitar a alguien que vive en el último piso, y cronometrar –muy disimuladamente, por supuesto- el tiempo que dedica a mirarse en el espejo. Sería todavía mucho mejor si pudiéramos ir anotando en una libretita la cantidad de veces que utiliza la palabra “yo” y cuántas el “nosotros”. Eso sí: se la persona no está tan absorta contemplándose en el espejo y nota algo raro en nuestras manipulaciones con el cronómetro y la libretita, lo más aconsejable es decir la verdad, confesar abiertamente que queremos una relación en serio, que sea profunda y duradera incluso si vienen los malos tiempos y surgen diferencias y conflictos, pero que nos sentimos inseguros y por eso tomamos algún recaudo antes de entregarnos de lleno. Si la persona tiene suficiente sensibilidad, amplitud de criterios y un toque de sentido del humor para no salir corriendo apenas se abra la puerta del ascensor, entonces puede que valga la pena seguir adelante con total independencia de los datos estadísticos recabados hasta el momento.

miércoles, abril 13

Reflexiones sobre las corrientes eróticas

Si lo que buscamos en el espejo es un certificado de presentabilidad social, cada mañana y sin trámites burocrácticos penosos ya la obtenemos. Otra cosa es si esperamos que nos devuelva una imagen adecuada de nosotros mismos, o una respuesta a interrogantes existenciales más profundos como los que se enuncian en las preguntas “¿quién soy?”, “¿de dónde vengo y hacia dónde voy?” y otras similares.

Al estudiar cómo se construye la imagen de nuestro cuerpo, Paul Schilder llegó a la conclusión de que las interacciones sociales, y las expectativas que ponemos sobre ellas, son mucho más decisivas que las imágenes de los espejos. Así nos dirá, por ejemplo, que en la construcción de la imagen de nuestro cuerpo “las zonas eróticas ocupan un lugar muy especial.” Nuestro conocimiento de la imagen corporal “depende de las corrientes eróticas que fluyen a través de nuestro cuerpo”. Como es fácil comprobar, estas corrientes siguen un recorrido que no deja huellas claramente perceptibles en el espejo, o sólo lo hacen de modo muy indirecto. Más aún: si por un imposible se produjeran imágenes de las corrientes eróticas, esas imágenes deberían ser muy extrañas porque no se ajustan a la medida de las distancias físicas del cuerpo: “las partes del cuerpo que producen un interés erótico son más próximas entre sí que las demás”. Si al rozar la mano de una persona esta se sonroja vivamente inferiríamos poco si pensáramos que sólo provocamos una aceleración de su ritmo cardíaco, aún cuando las mejillas estén más lejos de la mano que el corazón.

La vía de acceso a estas “corrientes eróticas” está más cerca de la vivencia del cuerpo como centro de acciones posibles que de la experiencia más bien contemplativa de la mirada ante el espejo. Hasta qué punto el espejo y el tiempo pasado frente a él contribuyan a deteriorar nuestra vida erótica es algo que habría que investigar de modo científico riguroso y, sobre todo, comprobable. Al menos esto es lo que me dice mi abogado cuando fundamenta su negativa a iniciar una demanda al fabricante de los 19 espejos que tengo en casa. También habría que poner a prueba la verdadera solidez de las construcciones teóricas de Schilder, que en algunos puntos parecen dar una importancia excesiva a los aspectos psicológicos –difícilmente comprobables- y una menor a los factores físico-químicos. Así, por ejemplo, cuando afirma que “en el acto sexual se funden masivamente las imágenes corporales”, el enunciado por sí solo nos deja un tanto perplejos, aún cuando sepamos que para Schilder la imagen corporal incluye tanto la vivencia psíquica del cuerpo como el cuerpo mismo, y que no está hablando de relaciones platónicas ni telepáticas, sino de relaciones entre personas concretas.

En 1933 escribía Schilder: “si alguna vez vamos a tener una psicología del acto sexual (al día de hoy estamos muy lejos de ello), entonces la relación entre las imágenes corporales durante la relación sexual debería ser su fundamento.” Sabiendo que tenemos psicología de las masas, del yo, del consumidor, y muchas otras más, me pregunto por qué todavía no salió el libro sobre la psicología del acto sexual que quería Schilder. (No que a mí en particular me interese taaaanto, pero hay un par de personas a las que me gustaría regalárselos). No me resultaría extraño que, como para esa época los nazis tomaron el poder, el clima cultural no fuera el más propicio para andar estudiando justo la dimensión psicológica del acto sexual. De hecho, Schilder tuvo que emigrar a Estados Unidos, y la oportunidad histórica de la investigación se perdió y cayó en el olvido.

Usted querrá saber qué dijo mi abogado de esto. Le cuento: no usó la palabra “paranoia combinatoria”, pero me insinuó que sería poco probable que pueda encontrarse alguna relación entre la toma del poder por los nazis y la falta de un libro sobre la psicología del acto sexual que siga los lineamientos teóricos de Schilder. Mientras volvía a casa, un poco más calmado, todavía me seguía dando vueltas la idea de cómo sería el erotismo si Schilder tuviera razón, si no fuera simple variación de niveles hormonales, contacto de cuerpos, estimulación de zonas erógenas, y fuera algo así como una fusión masiva de las imágenes vívidas de dos cuerpos.

jueves, abril 7

Las imágenes del cuerpo amado

Para la psicología evolutiva la construcción de la identidad personal no necesita pasar por el estadio del espejo como por un punto crítico. Los estadios tienen que ver más bien con un progresivo dominio del cuerpo y de sus movimientos. El bebé mueve su mano, pero en los primeros meses de vida no tiene conciencia de que sea su mano ese objeto curioso que se mueve delante de él. No tarda mucho en darse cuenta de que es su mano, sino también de que puede usarla para tomar los objetos del entorno inmediato. Es verdad que por un tiempo todavía va a creer que tirando la cuerda de los juguetes colgados en su cuna va a lograr que venga su madre. Tras algunos intentos fallidos, comprende mejor cómo funciona la noción de causalidad y se da cuenta de que un buen grito es más efectivo. Lo que Piaget no nos dijo es cómo sigue perfeccionándose la comprensión de la causalidad en los años posteriores, por ejemplo los de la adolescencia. Llega una época de la vida, por ejemplo, en que uno ya no desea tanto que la madre venga, sino más bien que se vaya. Es obvio que empujando la cuerda de la cuna en lugar de tirarla (a la cuerda, no a la madre) como hacía cuando era más chico no logra el efecto deseado. Tampoco funciona pedirle a los gritos que se vaya, explicando que ahora uno prefiere escuchar el cd nuevo que acaba de comprar y no una dosis de refuerzo sobre el comportamiento escolar adecuado. El bajar el volumen del equipo tal vez ayudaría, si uno pudiera escuchar que precisamente es eso lo que le pide la madre, pero es un círculo vicioso: no escucha porque el volumen está muy alto, y el volumen está muy alto porque no escucha cuando le pidan que lo baje. No ayuda mucho, en este proceso, que la madre cambie radicalmente su modus operandi: la misma persona que hace pocos años se hacía la sorda y suplicaba porque la dejáramos dormir cinco minutitos ahora se convierte en un perro de presa dedicado full time a controlar todo, no aprovechando para dormir ni siquiera los fines de semana, que es justamente cuando más quisiera uno que no sepa a qué hora de la madrugada nos resignamos a volver. En este punto nos falta la teoría que una todos estos datos y nos diga que el adolescente se mira en el espejo buscando su identidad porque es mucho más fácil que tratar de entenderse mientras negocia su vida de diversión con padres inconsecuentes. 
Si la relación con nuestro propio cuerpo no necesita tan imperativamente pasar por el estadio del espejo, como pretende Lacan, la cosa no está tan mal. Para Paul Schilder, la imagen de nuestro cuerpo es “un fenómeno social” que se construye en una combinación dinámica de nuestras vivencias internas y de las interacciones con los demás. Así, por ejemplo, es muy difícil saber si uno realmente canta bien, porque hay que combinar la percepción que uno tiene de su propio canto con las impresiones que este produce sobre un número variable de personas que lo escuchan y expresan su opinión sobre el valor estético de dicho canto. Si la mayoría de los oyentes opina que tenemos una voz magnífica es más probable que terminemos creyéndolo, incluso si a nosotros no nos parece tan magnífica como ellos dicen. Los problemas reales comienzan cuando la discordancia se produce en el sentido opuesto: cuando nosotros creemos que cantamos bien y los demás no se dan cuenta de ello porque carecen de un sentido estético finamente desarrollado, o se dan cuenta de que no cantamos bien precisamente porque tienen un sentido estético finamente desarrollado y además pueden dar pruebas de ello formando parte de algún coro estable de algún lugar importante. Lo cierto es que si se produce un contraste entre nuestras vivencias internas y las acciones o reacciones de los demás con respecto a la imagen de nuestro cuerpo, es porque, como afirma Schilder, desde el principio, y siempre, “lo amamos”, y no nos resulta fácil aceptar que lo critiquen o desprecien. En las antípodas una “construcción creativa” de nuestra identidad en la medida en que interactúa dinámicamente con las personas que nos rodean. Las imágenes del cuerpo que se producen en este proceso son las imágenes de un amor por nosotros mismos que no necesita la reflexión en los espejos, pero sí una exploración más detenida de sus múltiples facetas. De Lacan, para Schilder la imagen del cuerpo propio es “construcción creativa” de nuestra identidad en la medida en que interactúa dinámicamente con las personas que nos rodean. Las imágenes del cuerpo que se producen en este proceso son las imágenes de un amor por nosotros mismos que no necesita la reflexión en los espejos, pero sí una exploración más detenida de sus múltiples facetas.

jueves, marzo 31

El arte de mirarse en el espejo



Mucha gente cree que la habilidad de mirarse en el espejo es innata, que no hay que hacer ningún esfuerzo especial para desarrollarla. Esta creencia puede explicar, en parte, por qué a algunos nos va tan mal en la práctica de esta rutina diaria. Mi opinión personal es que el arte de mirarse en el espejo y no fracasar en los intentos debe ser desarrollado de un modo consistente y teóricamente bien fundado. Es por eso que me permitiré retomar algunas observaciones de Lacan sobre “el estadio del espejo” para aportar algo de sensatez a esa destreza que tanta influencia puede llegar a tener en el curso de nuestras vidas. Por citar un ejemplo práctico: los especialistas en comunicación no verbal estiman que uno elige su pareja no sólo en función de cuán atractiva sea la otra persona, sino también de cuántas posibilidades de éxito uno se atribuya a sí mismo. Y no es preciso ser muy genio para darse cuenta la función que cumple el espejo en este segundo respecto. Es muy probable, por lo mismo, que el mundo esté lleno de personas muy hermosas que, por no haber desarrollado el arte de mirarse al espejo, no lo saben y estarían agradecidas de ser nuestras parejas.  
Un punto de inflexión en la vida de todo ser humano es, para Lacan, el momento en que, siendo todavía incapaces de hablar y de dominar adecuadamente la motricidad de nuestros cuerpos infantiles, nos vemos por primera vez en el espejo. El niño vive esta experiencia con júbilo y como si fuera una revelación, un descubrimiento extraordinario. Qué puede haber pasado entre ese momento y las vivencias de nuestro presente, cada vez que nos miramos al espejo, es un misterio. Para los que ya somos mayores puede que sea un poco tarde para desandar el camino que nos lleva a vernos tan mal en el espejo, pero no lo es para evitar que a nuestros hijos pueda pasarles lo mismo. Es por eso que me permitiré sugerir algunas conductas prácticas para prevenir males futuros en los más pequeños.
Para Lacan, el niño construye su identidad mirándose al espejo. Los experimentos biológicos comprueban que sucede lo mismo con las palomas, que maduran sexualmente al mirar a otra paloma, pero también su imagen en el espejo. Como padres que toman en serio la función de retrasar todo lo posible la maduración sexual de nuestros hijos, lo primero que podemos hacer es minimizar el tiempo de exposición ante el maligno artefacto. Lo ideal sería que tampoco vieran otros seres humanos, y sobre todo a los de su edad, y así el tiempo de maduración sexual entraría en un freezer, pero me temo que esto ya es más complicado y puede sonar un tanto oscurantista.  
Como el júbilo que experimenta el niño se debe a que por primera vez puede ver “la forma total de su cuerpo”, y esto hace que empiece a vivir pendiente de su imagen, me parece que sería conveniente esconder en lugares inaccesibles para los niños todos los espejos de cuerpo entero, y dejar a su alcance sólo miniaturas de espejos. Alertados como estamos de que esto no va a impedir que un buen día, caminando por la calle, vea su imagen reflejada en la vidriera de algún negocio, sería una buena estrategia adelantarse a los hechos y comentar, como al descuido, algo así como: “Mirá que lindo nene está escondido detrás de la vidriera! Oh, mirá cómo te imita!”. De más está decir que una vez hechos estos comentarios se intentará persuadirlo lo más rápidamente posible para cruzar la calle e ir a jugar a la placita o a desarrollar alguna actividad similar.
La imagen del espejo no es, para Lacan, un reflejo del cuerpo integrado vivencialmente, sino una “forma ortopédica de su totalidad”.  El cine nos ha dado una aproximación de horror de sentirse un “cuerpo fragmentado” que, si no es sostenido por su imagen, tiende a la desintegración: después de incontables cirugías reconstructoras, el protagonista de “Vanilla sky” vive amenazado por el temor de despedazarse. Vencer este temor, y vencer el temor a las alturas devienen equivalentes en el desarrollo de la película, y nos sugieren una profunda identidad entre la acrofobia y el temor a la desintegración corporal. ¿Hay algo más sólido que la imagen del espejo? Los experimentos con niños que son puestos sobre una mesa de vidrio simulando un “abismo visual”, instintivamente se resisten a cruzar. Algunos, sin embargo, se concentran tanto en la madre que los llama que olvidan el peligro del “abismo” y cruzan. El estadio del espejo tiene una prehistoria que merece ser pensada: antes de ser nosotros mismos a través de la imagen del espejo, podemos ser nosotros mismos respondiendo a una imagen amada que nos llama y nos abraza de verdad.


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