jueves, marzo 31

El arte de mirarse en el espejo



Mucha gente cree que la habilidad de mirarse en el espejo es innata, que no hay que hacer ningún esfuerzo especial para desarrollarla. Esta creencia puede explicar, en parte, por qué a algunos nos va tan mal en la práctica de esta rutina diaria. Mi opinión personal es que el arte de mirarse en el espejo y no fracasar en los intentos debe ser desarrollado de un modo consistente y teóricamente bien fundado. Es por eso que me permitiré retomar algunas observaciones de Lacan sobre “el estadio del espejo” para aportar algo de sensatez a esa destreza que tanta influencia puede llegar a tener en el curso de nuestras vidas. Por citar un ejemplo práctico: los especialistas en comunicación no verbal estiman que uno elige su pareja no sólo en función de cuán atractiva sea la otra persona, sino también de cuántas posibilidades de éxito uno se atribuya a sí mismo. Y no es preciso ser muy genio para darse cuenta la función que cumple el espejo en este segundo respecto. Es muy probable, por lo mismo, que el mundo esté lleno de personas muy hermosas que, por no haber desarrollado el arte de mirarse al espejo, no lo saben y estarían agradecidas de ser nuestras parejas.  
Un punto de inflexión en la vida de todo ser humano es, para Lacan, el momento en que, siendo todavía incapaces de hablar y de dominar adecuadamente la motricidad de nuestros cuerpos infantiles, nos vemos por primera vez en el espejo. El niño vive esta experiencia con júbilo y como si fuera una revelación, un descubrimiento extraordinario. Qué puede haber pasado entre ese momento y las vivencias de nuestro presente, cada vez que nos miramos al espejo, es un misterio. Para los que ya somos mayores puede que sea un poco tarde para desandar el camino que nos lleva a vernos tan mal en el espejo, pero no lo es para evitar que a nuestros hijos pueda pasarles lo mismo. Es por eso que me permitiré sugerir algunas conductas prácticas para prevenir males futuros en los más pequeños.
Para Lacan, el niño construye su identidad mirándose al espejo. Los experimentos biológicos comprueban que sucede lo mismo con las palomas, que maduran sexualmente al mirar a otra paloma, pero también su imagen en el espejo. Como padres que toman en serio la función de retrasar todo lo posible la maduración sexual de nuestros hijos, lo primero que podemos hacer es minimizar el tiempo de exposición ante el maligno artefacto. Lo ideal sería que tampoco vieran otros seres humanos, y sobre todo a los de su edad, y así el tiempo de maduración sexual entraría en un freezer, pero me temo que esto ya es más complicado y puede sonar un tanto oscurantista.  
Como el júbilo que experimenta el niño se debe a que por primera vez puede ver “la forma total de su cuerpo”, y esto hace que empiece a vivir pendiente de su imagen, me parece que sería conveniente esconder en lugares inaccesibles para los niños todos los espejos de cuerpo entero, y dejar a su alcance sólo miniaturas de espejos. Alertados como estamos de que esto no va a impedir que un buen día, caminando por la calle, vea su imagen reflejada en la vidriera de algún negocio, sería una buena estrategia adelantarse a los hechos y comentar, como al descuido, algo así como: “Mirá que lindo nene está escondido detrás de la vidriera! Oh, mirá cómo te imita!”. De más está decir que una vez hechos estos comentarios se intentará persuadirlo lo más rápidamente posible para cruzar la calle e ir a jugar a la placita o a desarrollar alguna actividad similar.
La imagen del espejo no es, para Lacan, un reflejo del cuerpo integrado vivencialmente, sino una “forma ortopédica de su totalidad”.  El cine nos ha dado una aproximación de horror de sentirse un “cuerpo fragmentado” que, si no es sostenido por su imagen, tiende a la desintegración: después de incontables cirugías reconstructoras, el protagonista de “Vanilla sky” vive amenazado por el temor de despedazarse. Vencer este temor, y vencer el temor a las alturas devienen equivalentes en el desarrollo de la película, y nos sugieren una profunda identidad entre la acrofobia y el temor a la desintegración corporal. ¿Hay algo más sólido que la imagen del espejo? Los experimentos con niños que son puestos sobre una mesa de vidrio simulando un “abismo visual”, instintivamente se resisten a cruzar. Algunos, sin embargo, se concentran tanto en la madre que los llama que olvidan el peligro del “abismo” y cruzan. El estadio del espejo tiene una prehistoria que merece ser pensada: antes de ser nosotros mismos a través de la imagen del espejo, podemos ser nosotros mismos respondiendo a una imagen amada que nos llama y nos abraza de verdad.


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