miércoles, abril 13

Reflexiones sobre las corrientes eróticas

Si lo que buscamos en el espejo es un certificado de presentabilidad social, cada mañana y sin trámites burocrácticos penosos ya la obtenemos. Otra cosa es si esperamos que nos devuelva una imagen adecuada de nosotros mismos, o una respuesta a interrogantes existenciales más profundos como los que se enuncian en las preguntas “¿quién soy?”, “¿de dónde vengo y hacia dónde voy?” y otras similares.

Al estudiar cómo se construye la imagen de nuestro cuerpo, Paul Schilder llegó a la conclusión de que las interacciones sociales, y las expectativas que ponemos sobre ellas, son mucho más decisivas que las imágenes de los espejos. Así nos dirá, por ejemplo, que en la construcción de la imagen de nuestro cuerpo “las zonas eróticas ocupan un lugar muy especial.” Nuestro conocimiento de la imagen corporal “depende de las corrientes eróticas que fluyen a través de nuestro cuerpo”. Como es fácil comprobar, estas corrientes siguen un recorrido que no deja huellas claramente perceptibles en el espejo, o sólo lo hacen de modo muy indirecto. Más aún: si por un imposible se produjeran imágenes de las corrientes eróticas, esas imágenes deberían ser muy extrañas porque no se ajustan a la medida de las distancias físicas del cuerpo: “las partes del cuerpo que producen un interés erótico son más próximas entre sí que las demás”. Si al rozar la mano de una persona esta se sonroja vivamente inferiríamos poco si pensáramos que sólo provocamos una aceleración de su ritmo cardíaco, aún cuando las mejillas estén más lejos de la mano que el corazón.

La vía de acceso a estas “corrientes eróticas” está más cerca de la vivencia del cuerpo como centro de acciones posibles que de la experiencia más bien contemplativa de la mirada ante el espejo. Hasta qué punto el espejo y el tiempo pasado frente a él contribuyan a deteriorar nuestra vida erótica es algo que habría que investigar de modo científico riguroso y, sobre todo, comprobable. Al menos esto es lo que me dice mi abogado cuando fundamenta su negativa a iniciar una demanda al fabricante de los 19 espejos que tengo en casa. También habría que poner a prueba la verdadera solidez de las construcciones teóricas de Schilder, que en algunos puntos parecen dar una importancia excesiva a los aspectos psicológicos –difícilmente comprobables- y una menor a los factores físico-químicos. Así, por ejemplo, cuando afirma que “en el acto sexual se funden masivamente las imágenes corporales”, el enunciado por sí solo nos deja un tanto perplejos, aún cuando sepamos que para Schilder la imagen corporal incluye tanto la vivencia psíquica del cuerpo como el cuerpo mismo, y que no está hablando de relaciones platónicas ni telepáticas, sino de relaciones entre personas concretas.

En 1933 escribía Schilder: “si alguna vez vamos a tener una psicología del acto sexual (al día de hoy estamos muy lejos de ello), entonces la relación entre las imágenes corporales durante la relación sexual debería ser su fundamento.” Sabiendo que tenemos psicología de las masas, del yo, del consumidor, y muchas otras más, me pregunto por qué todavía no salió el libro sobre la psicología del acto sexual que quería Schilder. (No que a mí en particular me interese taaaanto, pero hay un par de personas a las que me gustaría regalárselos). No me resultaría extraño que, como para esa época los nazis tomaron el poder, el clima cultural no fuera el más propicio para andar estudiando justo la dimensión psicológica del acto sexual. De hecho, Schilder tuvo que emigrar a Estados Unidos, y la oportunidad histórica de la investigación se perdió y cayó en el olvido.

Usted querrá saber qué dijo mi abogado de esto. Le cuento: no usó la palabra “paranoia combinatoria”, pero me insinuó que sería poco probable que pueda encontrarse alguna relación entre la toma del poder por los nazis y la falta de un libro sobre la psicología del acto sexual que siga los lineamientos teóricos de Schilder. Mientras volvía a casa, un poco más calmado, todavía me seguía dando vueltas la idea de cómo sería el erotismo si Schilder tuviera razón, si no fuera simple variación de niveles hormonales, contacto de cuerpos, estimulación de zonas erógenas, y fuera algo así como una fusión masiva de las imágenes vívidas de dos cuerpos.

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